21. abril 2026
Volver a las manos: mi historia con la cerámica y todo lo que no se ve
Hay regalos que llegan sin hacer ruido. Y sin embargo, te cambian la vida entera.
Hace unos años, mi marido me regaló una sesión de cerámica. Me conoce bien sabe que todo lo que está hecho a mano me fascina, que lo artesanal me para en seco. Así que un día apareció con eso: una tarde en un taller, barro, manos y a ver qué pasa.
Entré por curiosidad. Salí con algo dentro que no supe nombrar en ese momento. Pero que no se fue.
Este blog nace de ese regalo. Y de todo lo que vino después.

Más de 20 años dentro de la hostelería
Para entender mi historia con la cerámica, hay que entender primero lo que había antes. Y lo que había antes era la hostelería, en todos sus lados posibles.
Llevo más de 20 años en este sector, y la mayor parte de ese tiempo la he pasado donde se cuece todo de verdad: en la sala, gestionando equipos y formando personas. He sido encargada de restaurante con 30 personas a cargo, responsable de operaciones en cadenas hoteleras y franquicias, jefa de sala, coordinadora de equipos y docente de servicios de restauración. He trabajado en estructuras grandes, con sus estándares, sus protocolos y sus ritmos de servicio y también en proyectos más pequeños donde cada detalle dependía de mi.
Lo que más he hecho en mi vida profesional es liderar equipos y formar a personas para que entiendan algo que no viene en ningún manual: que la hospitalidad no es solo servir un plato. Es hacer que quien se siente a tu mesa sienta que ese momento importa.
Esa idea — que los detalles importan, que la experiencia empieza antes del primer bocado — es la que guía todo lo que hago hoy en el taller.
La gastronomía como otro idioma
Hace unos años decidí volver a estudiar. El Grado en Gastronomía y Artes Culinarias en la Universidad de Alicante, una decisión que, desde fuera, parecía lógica dado mi trayectoria. Desde dentro, era mucho más que eso.
Porque en la carrera no aprendí solo a cocinar o a gestionar. Aprendí análisis sensorial. Y eso me abrió un mundo que no esperaba.
Comemos con los ojos, con las manos y con la memoria antes de hacerlo con la boca. El color del plato, el tacto del borde, el peso, todo influye en lo que percibimos. Me pareció fascinante. Y me transformó por completo.
Así que lo demostré. Diseñé un estudio, conté con la colaboración de Kiko Moya, chef referente de la gastronomía valenciana, y medimos algo que nadie suele medir: cómo cambia lo que sientes al comer según la vajilla que tienes delante. Los datos lo confirmaron. Y a mí me cambió la forma de crear para siempre.

(Si quieres saber más sobre ese estudio y lo que descubrimos, lo cuento en detalle en la siguiente entrada: La vajilla que cambia el sabor: lo que descubrí estudiando.)
Aquella primera tarde con el barro
Y fue en medio de todo eso, la carrera, el análisis sensorial, las preguntas sobre la mesa y la experiencia, cuando llegó el regalo de mi marido.
Una sesión de cerámica. Una tarde con barro.
Recuerdo que mis manos no sabían qué hacer. Que el barro tenía una voluntad propia. Que había algo en ese proceso lento, táctil, impredecible, tan diferente a todo lo que había hecho antes, que me enganchó de una manera que no esperaba.
No salí con una pieza perfecta. Salí con algo mucho más valioso: con ganas de volver.
Volver a las manos es, muchas veces, una forma de volver a una misma.
Manises. El aprendizaje de verdad.
Decidí seguir formándome en Manises, la capital de la cerámica valenciana. Y allí aprendí lo que no se puede aprender solo tocando barro un par de veces.
Aprendí las técnicas. Los materiales. Las temperaturas. Los esmaltes. El comportamiento del gres. Aprendí a fallar, y eso fue, probablemente, lo más valioso de todo.
Por qué el barro y la gastronomía siempre fueron lo mismo
Hay una pregunta que me hacen mucho: "¿Cómo pasas de la hostelería a la docencia y después a la cerámica?" Y yo siempre respondo lo mismo: no pasé. Seguí.
Porque lo que me mueve en la cerámica es exactamente lo que me movía en la sala. La hospitalidad. El cuidado por el detalle. La idea de que cuando alguien toca una pieza tuya, algo tiene que pasar. Algo tiene que sentirse.
La cerámica que creo está pensada para la mesa. Para que la uses, para que la laves, para que con el tiempo tenga marcas y recuerdos. Para que el café sepa diferente cuando lo tomas en una taza que hiciste tú.
Eso es lo que hay detrás de VeA Cerámica Creativa. No solo manos en el barro, también más de dos décadas entendiendo cómo funciona una mesa. Y la convicción de que la experiencia empieza antes del primer sorbo.
Este blog: lo que no siempre se ve
Este es el primero de muchos textos que voy a escribir aquí. No sé si serán perfectos, probablemente no lo sean. Pero serán míos, serán honestos y contarán cosas que no suelen contarse.
El proceso lento del barro y por qué no se puede apresurar. Por qué trabajo con gres y no con otros materiales. Cómo la vajilla modifica la percepción del sabor, y cómo eso guía cada pieza que creo. La hospitalidad como raíz de todo lo que hago.
Bienvenida al taller. Me alegra que estés aquí.
¿Te ha resonado algo de lo que has leído? Si quieres venir al taller, ver las piezas o simplemente escribirme, aquí estoy. Siempre soy yo al otro lado.



